Slow life

Slow life. Cuando estás en el paraíso, como yo ahora mismo, sentado sobre la fina arena de esta playa dejando vagar mis pensamientos, es lo que deseas. Y piensas que todo el mundo debería abandonarse al placer de vivir más lentamente. Que la vida es demasiado corta como para no detenerse un momento, dos, tres, a disfrutar de sus pequeños placeres: una copa de vino en una terraza frente al mar, un baño refrescante en transparentes aguas color turquesa, un buen plato característico de la gastronomía local. Deseas que nada se acelere y que el tiempo de felicidad no se detenga. Así que, keep calm and speak galego.

Dentro de un par de días todo esto será un recuerdo. Ni siquiera un buen propósito para el próximo curso. Volverás al escape libre en el circuito de cemento, esclavo de la circunferencia que te indica que llegar un minuto tarde es un pecado imperdonable. Volverás a ver las noticias y a recordar que otros mundos, que en su momento quizá pudieron disfrutar de su slow life, siguen llamando a tu puerta, aunque quizá un exceso de agua de mar te haya vuelto sordo. Te darás cuenta, entonces, de que algunos de los que llaman han tenido la relativa suerte de ser blancos. Aunque los hombres blancos de colón centroeuropeos, esos que se duchan con Vanish Oxyaction, cada día más blanco, consideren que no lo son lo suficiente y deben rodear su ducha de vallas con cuchillas made in spain. Quizá porque su dios, ese en el que nadie cree, pero que a muchos les sirve de excusa, tiene un nombre diferente a este lado del mediterráneo. Poner un pobre a mi mesa queda decorativo. Pero cientos de miles…

Mientras tanto se seguirá pergeñando el nacimiento de una nueva nación. Algo que a ti, personalmente, no te quita el sueño: las naciones se construyen. Para que una nación exista sólo es necesario que la mayoría de su población se sienta cómoda y actúe de forma natural ante los símbolos y los discursos de identidad colectiva. En palabras del politólogo chantadino Xaime Subiela[1]: “La nación tiene que ver con la voluntad y, por tanto, con la dimensión subjetiva de las personas que atribuyen significado político a una identidad cultural, y también es un hecho social, si lo comprendemos en el sentido de E. Durkheim como objetivación de las relaciones sociales”. Sea por reacción frente a los anti-discursos, sea por sentimiento de pertenencia a una tierra, sea por lo que sea. Es un movimiento incesante en la historia. Naciones que nacen. Naciones que mueren. Naciones que crecen o disminuyen.  La mayoría de gente que se proclama ciudadana del mundo, en el fondo se siente parte de alguna parte. Aunque no sea necesariamente de la tierra donde nació, o en donde se crió. Quizá sea el lugar donde conoció a aquella chica a la que nunca podrá olvidar. O el país nórdico al que ha emigrado recientemente por falta de oportunidades en “su” tierra y del que no piensa volver jamás. Cuando a alguien le preguntan de dónde es, casi nadie responde de ninguna parte. Tampoco responde “europeo” (esa gran estafa de hermandad que nos vendieron), salvo, quizá, los españoles de viaje en EEUU para que no les confundan con mexicanos. En todo caso, no entiendo que nadie pueda oponerse al nacimiento de una nueva nación, haciendo de esa oposición, incluso, un modo de vida. A no ser que tenga intereses de algún tipo en lo contrario o el nacionalismo impreso en su marco vital sea claramente de signo opuesto. En mi caso personal, si amaneciese en un nuevo Estado, tendría exactamente los mismos problemas y los mismos motivos por los que seguir luchando contra las injusticias, la sociedad de la acumulación y el consumo masivo, las finanzas carroñeras y el nepotismo de las familias instaladas en su, ahora, remodelada torre de marfil. Nada nuevo, pues.

Así que los sueños de slow life serán sólo eso. Un sueño. O dos. Nada más. Una opción estrictamente personal en la medida de lo posible. Al menos hasta que se acabe el petróleo y tengamos que vivir una slow life desconcertante por cojones. Algo que no tardará en suceder y para lo que las personas de occidente no estamos preparadas. Pero como ese es un pensamiento demasiado horrible para tenerlo en consideración, ocurrirá como con la muerte: con no hablar de ella…

Por mi parte, voy a dejar de escribir, voy a levantarme de esta finísima y blanquísima arena y a darme un chapuzón en estas aguas transparentes de color turquesa antes de que el exceso de sol acabe de reblandecerme el cerebro.

[1] Para qué nos serve Galiza? Xaime Subiela. Editorial Galaxia. 2013

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2 thoughts on “Slow life

  1. Acabo de ver por primera vez tu página hoy y he leído alguna de las entradas y me ha gustado, especialmente, la titulada “Slow life” porque, casualidad, hoy 9 de noviembre entre tanto guirigay da gusto leer una opinión sensata y sin “griterío”. Gracias por ello.

    • No hay de qué Mayte. Al contrario, te doy yo las gracias por leerme y que mi humilde opinión te haya parecido sensata. Es cierto que estos días domina el ruido por encima de la conversación serena, la acritud por encima de la camaradería, la ira por encima de la solidaridad. Pero también estoy convencido de que muchas personas que acaban hablando a gritos desearían, en el fondo de sí mismas, que eso no tuviera por qué ser así.

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