Samaín

Llega el Samaín. La noche que va del último día del mes de octubre al primer día del mes de noviembre, la asamblea del final del verano, cuando el tiempo y el espacio se confunden con la niebla y se abre la barrera de la frontera entre vivos y muertos, para comenzar un tiempo de comunión con los espíritus de los difuntos. El tiempo de guardar las armas, poner las calaveras de los vencidos encima de los muros, con una luz en el interior, y entrar de lleno en la mitad oscura del año, el año nuevo celta.

Hubo que esperar la llegada de las calabazas de América para cambiar los cráneos por las cucurbitáceas vacías y mezclar la fiesta original con la cristiana Halloween (All Hallow’s Een o vigilia de todos los santos), a pesar de que haya obispos que olviden el origen de este nombre en la universalización de la fiesta por el papa Gregorio IV y lo satanicen (“esta fiesta no tiene nada que ver con la visión cristiana de la vida y de la muerte y el hecho de que se celebre tan cerca de la fiesta de todos santos es un riesgo de desnaturalizar el mensaje espiritual de la fe cristiana” dicen Monseñor Cesare Nosiglia y el arzobispo Aaron Hostetter). Ellos se apropian de las fiestas y de los santuarios que existían cuando llegaron. Y después les da un ataque de amnesia.

La larga noche de piedra, con parada militar y bajo palio, casi acaba con la tradición pero las aldeas, conservadoras como son, la mantuvieron, malviviendo, igual que hicieron con la lengua o con las antorchas del solsticio de verano. Después fue Rafael López Loureiro quién encendió la chispa que nos llevó a levantar la bandera del far west europeo frente a la moda norteamericana de Halloween, en un viaje de ida y vuelta de tradición, mercantilizada allí y recuperada aquí con orgullo por las nuevas generaciones gallegas.

A pesar de que los telediarios continuarán hablando de Halloween (empujados por los ingresos derivados de la publicidad de las grandes áreas comerciales) el Samaín, mezclado con la castañada y con la fiesta religiosa de los difuntos, supone una nueva/vieja forma de la tradición del equinoccio de otoño que considero importante en este siglo XXI: por un lado tiene una vertiente pedagógica para los pequeños, en el sentido de habituarlos, de una manera festiva, a la naturaleza y sus ritmos vitales, y por la otra supone una barrera de resistencia frente a la globalización cultural y comercial de los Estados Unidos que necesita un tipo uniforme de consumidor al que poder hipnotizar con un único mensaje publicitario.

Ojalá la recuperaran también, si no lo han hecho ya, en las áreas de la Península Ibérica donde el Samaín también ha sido tradición: el norte de Portugal, Asturias, Salamanca, Cáceres, Burgos, Madrid, Guadalajara, Cuenca, Zaragoza y Huesca. Ojalá la fiesta de los guerreros celtas le comiera el terreno a la fiesta de los quincalleros yanquis y se esparciera por la Europa que comparte este poso, esta raíz común. Ojalá los políticos europeos, cuando hablan de la tradición cristiana común (olvidando a los europeos musulmanes, por ejemplo), recordaran que hay otras tradiciones previas que también “hacen” Europa y que son tanto o más dignas de respeto y, además, más nuestras que los inventos que vienen de más allá del Atlántico.

No es #Halloween; es #Samaín.

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