Revólver

Sobre los cincuenta charcos de sangre se alzó la voz, aguda y prepotente, de los sucesores de Smith & Weson: «Algo estaremos haciendo bien para subir cero coma dos puntos (por cadáver) en el mercado».

Ella se dejó caer sobre el sofá. Quiso apagar el televisor, pero no era capaz de dar con el mando a distancia. Ni siquiera de buscarlo. Las preguntas se agolpaban justo detrás de sus ojos, presionando con fuerza sobre los lagrimales, superponiéndose unas sobre otras hasta perder su sentido, si es que tenían algún sentido. De vez en cuando alguna llegaba entera. «¿Qué hice mal?» Su sobriedad, su parquedad en palabras, la mantenía con vida hasta derramarse por la mejilla en forma de líquido salado. Otras, más largas y complejas, llegaban goteando hasta el pecho sin tan siquiera enunciarse.

El caso es que dolían. Dolían tras los ojos, en el pecho y en el estómago. Estallaban en las sienes, reventaban en la nuca. Paralizaban las manos y el habla, a pesar de mantener la boca abierta en el gesto que llamamos de estupor. Las imágenes de ambulancias en un recuadro, la cara estúpida del presentador a pie de calle en otro (más preocupado de su imagen pública que de la terrible historia que estaba narrando), sus palabras inaudibles pero conocidas, la cinta roja de texto corriendo por la pantalla de derecha a izquierda, se mezclaban con imágenes interiores de recuerdos en una mezcla obscena más propia de una película de terror.

«¿Qué hice mal? ¿En qué momento aquél niño risueño se convirtió en un espectáculo televisivo? ¿Cómo no me di cuenta?»

Sobre los cincuenta charcos de sangre se alzó la voz, aguda y prepotente, de los sucesores de Smith & Weson: «Si todas y cada una de las personas que bailaban en aquel local llevasen un revólver al cinto y una canana con balas cruzada sobre el pecho, hubiese muerto mucha menos gente».

Se levantó y fue hacia la cocina a buscar un vaso de agua. El dolor en el pecho era lacerante. Le costaba caminar. Incluso ver por dónde iba dentro de aquél minúsculo apartamento. Al abrir el grifo vio con claridad lo que salía de él: odio. Por cada gota de amor que ella puso, miles de gotas de odio se habían ido posando sobre el cuerpo de aquél niño. Por cada gesto cariñoso, miles de gestos de desdén y desprecio. Por cada gota de vida, miles de risas por la muerte ajena. «De esa agua no beberé, aunque muera de sed.»

Sobre los cincuenta charcos de sangre se alzó, una vez más, la voz aguda y prepotente de los sucesores de Smith & Weson, amplificada mil veces por el eco mediático.

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5 thoughts on “Revólver

  1. Muy buen texto. Combativo y de calidad literaria. Me ha encantado ese triple punto de vista, los irónicos al respecto de los herederos y los medios, y por supuesto el intimista de la madre. Sin contar ese otro gran acierto de la imagen del agua del grifo cargada de odio.

    Y si me permite el deseo, a ver si ahora que llega agosto, se prodiga usted un poquito más. Sus seguidores lo vamos a agradecer.

  2. Muchas gracias por las alabanzas. Sin embargo no sé si su deseo podrá verse cumplido: lo que uno ve no anima a ponerse a escribir, a no ser que uno pase de escritor antena a escritor foco. Aunque ya Woody Allen dejó claro el absurdo de esa postura en “Para acabar con los libros de recuerdos personales”.

    Anima, más bien, a convertirse en eremita.

  3. Al respecto de lo que comenta de los escritores foco o antena, pues ¿qué quiere que le diga? Toda la vida pensando que “Berlín” era la historia de un tal Jim y una tal Caroline, una prostituta a la que todos llamaban Alaska, y luego resulta que mucho del sentimiento presente en el álbum surgió del dolor de la historia de Reed con su primera mujer. Quizá el secreto esté, precisamente, en que a la hora de crear, el escritor o el artista no renuncien ni a ser foco ni a ser antena.

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