Réquiem por el gallego

Corren tiempos en los que nos convertimos en personas-chip, sesos-calculadora. Tiempos de sentimientos prefabricados por los amos de la red que tenemos que escoger en una lista desplegable (en una relación, en una relación abierta o es complicado…). Tiempos en los que el poder tiene tanta información de nosotros que pueden absorber cualquier intento de insubordinación o subversión, convirtiéndolo en un anuncio. Tiempos en los que entregamos voluntariamente nuestra privacidad, nuestro ser íntimo que nos hace ser personas únicas y exclusivas, a la industria publicitaria, mecanismo de transmisión de esa locura que es el capitalismo de producción en masa, siempre huyendo hacia adelante en un suicidio colectivo que no tiene en cuenta que el progreso es imposible, que los recursos son finitos, que destrozamos el mundo en el que vivimos, si acaso, porque somos conscientes de que ese mundo estaría mejor sin nosotros.

Es ese poder -creo-, el que está haciendo posible lo que quinientos años de manía anti-gallega no pudo hacer: la desaparición de la lengua de forma voluntaria por sus hablantes. El gallego no sale en el mapa de lenguas en peligro de extinción de la UNESCO. Nadie piensa que sea una lengua en peligro de desaparición. Se habla en las calles, tiene una tradición literaria rica y en perfecto estado de salud, se hacen (algunas) películas en gallego, tiene un gobierno propio que hace esfuerzos por la normalización lingüística (campañas móvil en gallego, bocaberta, palabras encadenadas, etiquetado en gallego …) y, por si fuera poco, ya tiene un dominio propio en la red, el puntogal, que parece un seguro de vida para la lengua.

Pero esos datos no cuadran con lo que veo en uno solo día de paseo por una ciudad como Lugo o una villa como Chantada. Voy al Catastro y me atienden en castellano. En el Archivo Histórico otro tanto (aunque aquí hacen el esfuerzo, se nota que no hablan gallego cotidianamente y se van al castellano en cuanto se descuidan). Más tarde voy a la notaría en Chantada. Unos grandes carteles anuncian “En galego, está no seu dereito“. Al parecer entre todas -a través de la Xunta- pagamos unos cursillos de gallego a los notarios y notarias. Pero el gallego está ausente de toda conversación. Pregunto, señalándolo, por el cartel y me contestan que los “parroquianos” prefieren ser atendidos en castellano. Al parecer no se puede ser médico, arquitecto u oficial del ayuntamiento si uno habla gallego.

En la calle más de lo mismo. Sólo hablan gallego los viejos. En Lugo casi se me caen las lágrimas cuando oí hablar a dos hermanos pequeños en gallego entre sí. Las madres reprenden a los niños amenazando con uno “te voy dar con la zapatilla”. Y la verdad, sin juzgar y con todos mis respetos para con la gente que eligió hablar castellano como opción personal, me parece ridículo oír hablar a dos personas entre sí en castellano, con inconfundible acento lucense, cuando los dos padres, los abuelos (y más allá), hablaron siempre en gallego.

Ese complejo de inferioridad, tan gallego, tiene hoy el socio y aliado omnipotente y omnipresente de los muchos nombres: YouTube, Facebook, Twitter, Linkedin… y la publicidad (presente como tal y en forma de información, lo que es más grave). Ya sé que me expongo a ser tachado de retrógrado, yo que con mi tarea de programador de aplicaciones informáticas contribuí, en alguna medida, a la creación de lo que hoy llamamos Internet. Pero el resultado no puede ser más decepcionante. Lo que pensamos iba a ser un mar de libertad, se convirtió en una camisa de fuerza, intelectual y vital, al servicio de una maquinaria que nunca tiene bastante en lo que respecta al conocimiento de los “clientes”, y que aplica ese conocimiento en técnicas de hipnosis (llamadas publicidad) que nos indican lo que está bien y lo que está mal, lo que tiene prestigio y el que es marginal, lo que nos hace alegres y lo que nos deprime y, en este último caso, cómo solucionar esa depresión. ¿Cómo explicáis, si no, que un simple eslogan que se le escapó a alguien (con voluntad o sin ella) en un anuncio de Media Markt arme el remolino que armó el “Keep calm and speak galego” de la camiseta? Para algunos media, querer hablar en gallego es sinónimo de ser nacionalista. Y todos sabemos que esa asociación se usa en términos peyorativos con intención subliminal.

Las gallegas y los gallegos, en general, siempre intuimos que el prestigio y el poder estaban del lado del castellano. Pese a esa intuición, seguramente mientras la población fue mayoritariamente rural, el gallego, más mal que bien, fue sobreviviendo contra todo pronóstico. La UNESCO define como lengua amenazada aquella en la que se identifican factores que pueden convertirla, a medio plazo, en una lengua muerta. El gaélico escocés o irlandés no se consideran lenguas muertas. Pero en Escocia, pese a los esfuerzos del gobierno escocés por potenciar programas de televisión en gaélico, sólo se puede oír hablar en gaélico a los veinte mil habitantes de las Islas Hébridas. En Irlanda lo hablan unos cuarenta mil habitantes, aunque los rótulos sean bilingües. Las dos lenguas están en el mapa de lenguas en peligro de extinción. El gallego, en cambio, no parece dar síntomas de desaparición (como decían los otros, menos mal que nos queda Portugal). Según la UNESCO, una lengua es “vulnerablecuando la mayoría de los niños la hablan pero puede estar restringida a determinados ámbitos como el hogar. Está en “peligrocuando los  críos ya no la aprenden en casa. Está en “peligro gravecuando la hablan los abuelos y generaciones anteriores pero los padres, aunque la entienden, no la hablan entre sí ni la transmiten a los hijos. Está en “peligro críticocuando los hablantes más jóvenes son los abuelos y la hablan parcial y raramente. El siguiente paso ya es “extinta“, cuando muere la última persona hablante (algunas lenguas la identifican con nombres y apellidos, como Tuone Udaina, último hablante del Dálmata).

Para mí, hay zonas de Galicia, como la ciudad de Lugo, en las que el gallego, según esta clasificación, está en peligro grave, pues lo hablan los abuelos pero los padres no lo hablan entre sí y no lo transmiten a los hijos. Como a los irlandeses y escoceses, nos aguarda un futuro en el que los carteles nos recordarán que existió una lengua que ya no habla nadie excepto algunos irreductibles galos en una aldea perdida en la que nunca entró Youtube. También quedarán las bibliotecas, pero esas no las visita nadie.

Por eso me dio por entonar este réquiem por el gallego. Porque está muerto y todos queremos creer que sólo está de parranda.

 

Este post tamén está dispoñível en: Gallego Catalán

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