Nada

Una mujer viaja en tren, de regreso a su domicilio, y el hombre sentado a su lado le pregunta:

—¿Le apetece que le cuente mi vida?

—Ya que insiste tanto —dice ella sin dejar de observar cómo los postes de electricidad se mueven hacia atrás a mayor velocidad que los campos en los que están clavados.

—Pues ya está.

—No me ha contado nada.

—Exactamente. Toda mi vida se resume en nada.

La mujer remueve su cuerpo en el asiento y se abraza a sí misma, refugiándose en la reconocible calidez de las solapas del abrigo. Sólo entonces le mira con tierna indiferencia para encontrarse con la sonrisa bobalicona de su interlocutor.

—Algo habrá habido. Alguna anécdota. Algún amor. Sueños de infancia. Algo.

—Por supuesto. Quería ser un gran abogado, como el jefe de Ally McBeal, tener un Jaguar y casarme con una mujer rica que me mantuviese. Y lo conseguí todo. Me licencié en derecho cum laude. Me casé con la rica heredera más guapa de la facultad. Y mi suegro nos entregó las llaves de un Jaguar como regalo de bodas. Fin.

—Y considera que todo eso es nada.

—Así es. Nada. La total ausencia de algo. El vacío. La sensación de sentirme atrapado en una mala ópera, representada por aficionados sin dotes para el canto, en la que uno interpreta el papel de infausto Fausto. ¿Nunca ha sentido algo parecido? ¿Querer algo con locura y aborrecerlo una vez lo ha conseguido?

—No me hable de locura.

—Pues es, justamente, de lo que quería hablarle.

La mujer se remueve incómoda en el asiento y vuelve a apoyar la cabeza en la ventana mirando hacia el exterior.

—Acabo de encerrar a mi marido. Ya he tenido suficiente ración de locura por un tiempo.

—Lo siento. No era mi intención ser indiscreto. Sin embargo yo me refería a otro tipo de locura. En realidad, a locura en plural. A lo que se conoce como cometer locuras. ¿Le apetece?

—¿En qué está pensando? —dice la mujer sin volverse.

—En nada. Esperaba que usted me hiciera una propuesta. Si mi vida ha sido nada es, precisamente, por mi total carencia de imaginación.

—Y de puntería. No ha acertado en absoluto con la persona adecuada.

—Se me ocurre una cosa. ¿Ve al revisor? Podríamos simular que no llevamos billete y cuando esté lo bastante cerca levantarnos y huir por los pasillos. Encerrarnos en un lavabo. Hacer el amor mientras él aporrea la puerta y después, una vez saciados ambos, salir como si nada y mostrarle nuestros billetes con una sonrisa. ¿No sería una locura deliciosa? ¿Qué le parece?

—Me parece que no es mal guión para un cortometraje.

Permanecen callados, con las miradas fijas en el revisor que se acerca lentamente, se para en cada grupo de asientos, coge el billete, lo mira detenidamente por encima de sus gafas de leer, lo introduce en una máquina y lo devuelve con un gracias sin cambiar el rictus de su cara. Hasta que llega a su altura.

—Billetes, por favor.

Ambos sacan su billete. Del bolsillo interior de la americana gris él, del bolso de piel marrón ella, y lo acercan al revisor que repite, exactamente, los mismos gestos de siempre.

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One thought on “Nada

  1. Excelente microrrelato. Eso sí, me he quedado con las ganas de saber qué locura estaría dispuesto a cometer el revisor con su pasaje. Un cordial saludo.

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