Murió

Ha llegado al final del camino.

Murió.

Miré atento para ver si su espíritu salía volando hacia el cielo.

Y no vi nada.

Pero lo noté.

Noté que se había repartido en cientos de trozos por el universo.

Uno de ellos, muy grande, estaba dentro de mi. Otro, más grande aún, dentro de la compañera que fue, que es, que será. De la compañera de vida. Tan junta, que se convirtió en una sola vida. Y vi que dentro de mi hermana habitaba otro trozo inmenso de su espíritu. Y dentro de sus nietos dos trozos grandes como dos amores eternos.

Otros, de tamaños diversos, fueron a parar dentro de otra gente.

Dentro de todas las personas en las que dejó huella vive un espíritu amable. Amable porque no puede ser más que amado. Un espíritu liviano, que no pesa, pero que no es ligero.

Llegó al final del camino.

Murió.

Y ahora seguirá caminando con nuestros pies, hablando con nuestras palabras, brindando con nuestros brindis, amándonos desde dentro.

Seguirá siendo, en nosotros, pura poesía.

En algunos será sólo un verso. En otros una oda completa a la vida. Poesía pura hecha a base de tierra y de madera. De arado y de garlopa. Versos y versos pegados con cola y rimando con el barniz de las buenas personas.

Murió.

Quedó en nosotros.

Ahora tenemos que evitar dejar marchar su espíritu.

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