Luces en los dientes

Nadie le vio saltar en la noche ciega, nadie vio su sombrío cuerpo medio desnudo y lacerado sumiéndose en la oscuridad, alejándose de la valla, los focos, los ladridos, los guardias y sus golpes de porra. Mareado y ensangrentado, se arrastró buscando el mar tal como le habían indicado. Busca el mar. Cerca del mar lo encontrarás.

Venía del sur. De los manglares pantanosos, de la malaria y del ébola coronado como nuevo rey de la muerte solitaria en la cuneta. Venía del patio trasero, del basurero, de la ciudad con nombre sin futuro, dispuesto a encontrar aquel cielo terrenal en el cual todo el mundo tiene luces en los dientes.

La verdad es que no sabía cómo había conseguido saltar las dos vallas sin que nadie le viera. Recordaba haber tomado carrerilla, trepar y saltar, trepar y saltar. Ni siquiera había notado los cortes de las concertinas por todo su cuerpo. Se había separado del grupo un centenar de metros, había esperado agazapado —más por miedo que por cálculo estratégico— un largo tiempo y, cuando se decidió, trepó y saltó y apareció al otro lado.

Intentaba escuchar el sonido de las olas, pero sólo oía el de su propia respiración. Más fuerte que el griterío procedente de la valla que dejaba a su espalda. Tenía que encontrar el mar. Por lo tanto, hacia abajo. Enganchado a las paredes de los edificios, alejándose de las farolas, deteniéndose con cada ruido, agachándose al pasar cerca de las puertas y las ventanas, podía oler su propio miedo. Hasta que encontró un lugar, tan oscuro como cualquier otro lugar, y allí, sin preámbulos, se quedó dormido.

Un rayo de luz amable y cálido sobre los párpados le sacó de los sueños de soldados y guerrillas. Tardó un rato en tener conciencia de si mismo, mientras los fragmentos de imágenes residuales se evaporaban lentamente. Y entonces sí. Entonces empezó a escuchar un murmullo y sus sentidos notaron la presencia de más hombres a su alrededor. Un intento de movimiento le provocó un dolor profundo en el costado. Otro y un dolor más intenso. Abrió los ojos en el momento justo en que una bota enorme chocaba contra su cara.

Sobreponiéndose, recordando cómo había llegado hasta allí, dio un salto poniéndose de pie y echó a correr sin saber hacia dónde iba. El sabor metálico de la sangre en los labios, un olor salado en la nariz, un ruido rítmico que venía de delante y un choque repentino contra una masa de agua que le hizo caer. Detrás suyo gritos de ira y odio en un idioma incomprensible. Se puso a nadar. Escocían las heridas.

Pero tantos días sin comer le habían dejado sin fuerzas. Se paró. Intentó flotar sin moverse para recuperar el aliento. Un silbido pasó muy cerca de él y fue a estallar en el agua. Se giró hacia la costa. Unos cuantos hombres de uniforme le apuntaban con sus fusiles de pelotas de goma. Y los silbidos se repetían cada vez que disparaban.

Intentó nadar de lado para alejarse de los silbidos, pero éstos le seguían allá donde iba. Estaba sin fuerzas. Ya había tragado agua. Se hundía. Y no sabía qué hacer.

Entonces lo vio. Detrás de los hombres de uniforme, llenando casi todo el campo visual, un hombre y una mujer con un niño pequeño en brazos —blancos todos ellos, con blancas luces en los dientes—, miraban el horizonte desde el jardín de una casa en la que podrían vivir cinco familias enteras.

Parecían tan reales en aquella inmensa fotografía que el hombre cerró los ojos para celebrar íntimamente su hallazgo. Lo había visto. Lo había encontrado.

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One thought on “Luces en los dientes

  1. , "Get your coat on! We're going to see the Northern Lights!" We got Thermos flasks of tea and drove out into the countryside, and sat in the car in the darkness to see if the Northern Lights appeared. They didn't. So we found a nearby village and bought chips there inat.sdeIt's one of my favourite memories; I'd still love to see the Northern Lights, but back then, midnight chips seemed like the best thing in the world.

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