Godmorgon

Así que un simple armario de baño se llama Godmorgon. Ahora lo más parecido a vivir una aventura consiste en hacerte tú mismo un mueble. ¡Bienvenido a la República independiente de tu casa! ¿Qué frase me dijo ayer el carpintero cuando me lo encontré en mi paseo por el parque? Reconocemos más logos que tipos de flores y más eslóganes que poemas. Cuando le dije que mis hijos me habían regalado un Godmorgon por mi cumpleaños puso cara de resignación y me explicó el declive y caída de su pequeño taller. Sencillamente me asfixiaron, dijo. Y contra esto no se puede luchar porque cuentan con la publicidad: el arma literaria de este sistema Atila en el que vivimos. ¿Te has fijado que el lenguaje de los publicistas es un lenguaje de guerra? Campaña, bombardeo, arsenal, impacto, blanco, cebo, explosión de ofertas… El enemigo es el consumidor: se trata de desarmarlo y hacerlo prisionero. Y ya hemos caído. Con qué facilidad nos llamamos a nosotros mismos consumidores. Un tipo lúcido el carpintero.

Veamos. Repaso. Tengo los treinta y cinco tornillos de ocho clases diferentes. Las cincuenta y seis juntas de nueve clases diferentes. La llave ésta para dar vueltas y que sirve para todo. Destornillador, lápiz y martillo. Y las maderas que no son madera, que son de cartón prensado, apoyadas en la pared. Tiene toda la pinta de un campo de batalla antes de la batalla, con los soldaditos en formación. Lo que no tengo es alguien que me ayude a montarlo como explica el dibujo: deja muy claro, tachándome, que está prohibido montarlo solo. Esto es como volver a la escuela. Nos tratan como niños, seguramente porque ahora ya es lo que somos. Como los míos. Rondando la treintena y no tienen suficiente imaginación como para regalarme un libro o una corbata. Tenían que regalarme un Godmorgon.

Pero lo que les toca vivir no es fácil. Los pobres deben de pasarse el día preocupados con mil historias. No tienen aquellos minutos fumando un pitillo en la terraza (porque hemos hecho llegar la prohibición de fumar a los hogares) que te permiten dejar navegar el cerebro allá donde quiera o el viento lo lleve. A eso nosotros le llamábamos volar. Pero da igual. No tienen esos minutos porque siempre deben estar ocupados. Ya decían de pequeños que se aburrían. De nada sirvió que yo les dijera que era bueno aburrirse de vez en cuando. Porque lo que dice un padre, o una madre, no vale para nada si la sociedad donde vives no lo acompaña con hechos. Y el hecho es que todo el mundo va de bólido, como las hormigas cuando pasas un pie y rompes la fila, sin saber con certeza por qué o hacia dónde. Mis hijos no habían de ser una excepción. El sistema Atila, como dice el carpintero, ha pasado el pie y les ha roto la fila.

Ahora toca poner estas tres maderas en el suelo formando una hache e introducir estos espárragos de plástico, que imitan madera, en los dos agujeros laterales de la del medio. Necesitaré el martillo.

Laura disculpaba a los chicos. Decía que los niños se tienen que divertir, que ya vendrá la edad adulta para aburrirse. Ella era el optimismo personificado. Incluso cuando su maldita enfermedad degenerativa ya no le permitía comer por la boca y llevaba aquella sonda directa al estómago, nos pedía con gestos, porque la enfermedad tampoco le dejaba hablar, una jeringuilla de cava para inyectársela en la sonda y ponerse un poco achispada. Poco tiempo pasó desde esto hasta que empezó a pedirnos la eutanasia, cuando tuvo la terrible certeza de que moriría asfixiada. Lo hacía escribiendo con el dedo índice de la mano derecha encima de la mano izquierda. Letra a letra. E-u-t-a-n-a-s-i-a. Entonces dejaba caer la cabeza y cerraba los ojos sabiendo que no haríamos lo que pedía.

Pero los médicos y las enfermeras, a pesar de que se podían meter en un lío, a pesar de la gente amontonada en urgencias por falta de personal, se portaron bien. Prepararon aquella habitación para ella sola, nos dejaron estar juntos toda la tarde y al atardecer nos preguntaron si ya estábamos listos y si queríamos un cura. Cuando los chicos dijeron que sí estábamos listos, a pesar de que era mentira, y que no queríamos un cura, subieron la rueda de la máquina de la morfina y en unos minutos nos dejó, con la serenidad que había tenido toda la vida, casi sin que nos diéramos cuenta de que había parado de respirar.

¡Pam! Ya me he machacado un dedo. Ahora sólo tengo ganas de llorar. Y aquí estoy, sentado en el suelo frente al campo de batalla de tornillos y maderas del Godmorgon este. Redecora tu vida, dicen. ¿Qué vida? Pues ya lo montaré mañana cuando vuelva de mi paseo con el carpintero. O el mes que viene. Mientras esté listo para la visita de mis hijos en Navidad…

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One thought on “Godmorgon

  1. En fin, ya se imaginará lo que quiere decir “godmorgon” en sueco, o más bien “god morgon”. Si a ello añadimos que el lema puesto por la “república independiente” a su mostrenco de lavabo es “Empieza el día con buen pie”, pues no tiente a que vengan tiempos peores y no espere a mañana para montarlo, hombre. Un cordial saludo.

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