Compra barato… pero compra

El principio de racionalidad establece que los agentes relevantes para entender una cierta situación social actúan de manera adecuada o apropiada, tomando la mejor decisión de un conjunto de decisiones posibles (Hayek, Popper). Los economistas, en su modelo de competencia perfecta (modelo que no existe más que en sus manuales) tienen dos dogmas de fe: que las personas humanas tomamos decisiones racionales y que la mano invisible del mercado corrige los desequilibrios.

Observemos nuestro comportamiento en un hipermercado y comprobaremos que no somos más que mercancías que compran mercancías. Cuando actuamos como compradores no lo hacemos siempre de una manera racional (pese a lo que predican, insistentemente, los economistas y sus manuales de primero de economía). Comprar de manera racional implicaría evaluar cuáles son nuestras necesidades, acudir a un lugar que nos las proporcione  y, una vez en ese lugar, adquirir aquellos productos que hemos decidido previamente que necesitábamos. Además tendríamos que evaluar el coste del desplazamiento, más el tiempo necesario de todo el proceso, más el coste personal en estrés y decidir, en función del resultado de esa ecuación, si es más beneficioso acudir a un hipermercado o a una tienda de barrio, aunque nominalmente los precios de ésta sean algo más caros.

Sin embargo casi nunca actuamos de esa manera. Antes de salir hacemos una evaluación somera, rara vez llevamos lista de la compra y, si la llevamos, difícilmente nos ceñimos a ella. Una vez instalados en la superficie comercial recorremos los pasillos, dispuestos de forma que nos veremos obligados a circular primero por productos de lujo o que no son de primera necesidad (por si acaso hemos tomado la decisión racional de llevar un presupuesto limitado, algo que ha eliminado de raíz la existencia de tarjetas de crédito) y alargaremos la mano hacia aquellos productos que nos llaman la atención, pasando de puntillas por los productos de primera necesidad porque no son atractivos (arroz, harina, sal, pan, etc.) y de los que miramos el precio hasta el último céntimo.

La decisión racional sería, ciñéndonos a la lista, adquirir aquellos productos que nos ofreciesen la mejor relación calidad/precio. Sin embargo adquirimos el arroz de cincuenta céntimos, aunque el grano esté roto, y una película en DVD de veinte euros, que veremos sólo una vez y almacenaremos después en un cajón o una estantería.

Creemos ser una sociedad adulta que conoce el mundo de mercadotecnia en el que vivimos. Conocemos, al menos en parte, las tácticas de las superficies comerciales para hacernos comprar más: disposición de los productos a diferentes alturas, música y temperatura ambiente, perfumes, ofertas por megafonía, grandes carteles anunciando aquellos productos de los que se quieren deshacer rápido y práctica ocultación de aquellos que no interesa o no urge tanto vender por la razón que sea. Y, a pesar de saberlo, caemos una y otra vez en la atracción fatal saturada de colores desde el mismo momento en que decidimos acudir a una gran superficie en lugar de pasar por la pescadería, la panadería, la carnicería y la frutería; hecho que, aún siendo un poco más incómodo que tenerlo todo a mano, nos significaría un ahorro importante, al evitarnos la tentación de llevar a casa productos que no necesitamos.

En el caso de querer un DVD concreto porque nos apasiona el cine o porque se trata de una película que consideramos debe formar parte de nuestra filmoteca privada, podemos dedicar una mañana de sábado a ese fin, como algo lúdico y consciente, un premio a nosotras mismas, y acudir a un lugar especializado en ese tipo de productos; pasear, trastear en las estanterías las películas disponibles y volver a casa con la que hayamos escogido para visualizarla después de comer (es sólo un ejemplo). Esa sería una forma de comprar racional, además de placentera.

Los hipermercados producen estrés, mal humor y peleas conyugales. Los niños acaban nerviosos, sobreexcitados y frustrados porque no entienden que no pueden llevarse todo aquello que les llama la atención (de lo que hay una absoluta sobreabundancia) y llorando porque, indefectiblemente, les cae la bronca de unos padres al borde de un ataque de nervios. Ataque que se convierte en ansiedad cuando pasan por caja y comprueban que el carro de la compra sube a doscientos euros. ¡Pero si no he comprado casi nada! Casi nada de lo que necesitabas y que se te ha ido olvidando por el camino. Nos sometemos de manera fanática a los escaparates, exagerando la importancia de la elección personal (racional)  y obviamos o ignoramos su relación con las desigualdades de clase. Intentamos modelar nuestras vidas a imagen y semejanza de las de las élites y despreciamos a quienes vemos por debajo de nuestro nivel.

El consumismo no es una necesidad compulsiva de adquirir cosas, de satisfacer nuestros deseos mediante su adquisición o de hacer ostentación de cachivaches, sino una forma de estar en el mundo. Somos consumistas porque sólo somos capaces de interpretarnos a través de alguno de los aspectos de la compra y la venta. El mercado se ha infiltrado en nuestras venas y nuestras mentes y sólo somos capaces de comprender la vida social en función de la capacidad de compra. El consumismo es una forma de interiorización de la desigualdad en un doble sentido: asumimos esa desigualdad como parte de nuestra forma de ser como sociedad y al mismo tiempo ocultamos la existencia de la desigualdad misma (César Rendueles, Sociofobia, Capitán Swing Libros – Madrid).

Al principio nos he definido como “mercancías que compran mercancías”. En nuestro rol de fuerza de trabajo somos comprados, desechados e incluso vendidos por compradores de mercancía de trabajo. Y de la misma manera que como compradores buscamos la oferta, el producto más barato (aunque no sea, necesariamente, el mejor ni el más eficiente), los compradores de mano de obra actúan igual. Es decir, no necesariamente de forma racional (pese a lo que digan, insisto, los economistas, incluidos muchos de los llamados heterodoxos).

«He despedido al cincuentón aquel que era ingeniero y, con su sueldo, he contratado a cuatro estudiantes en prácticas y aún me sobra la mitad» ¿Y la experiencia? ¿El valor añadido que aportaban sus conocimientos? Da igual. El mantra es “compra barato… pero compra”. Y nosotras, personas necesitadas de vender nuestra fuerza de trabajo para sobrevivir, somos esa mercancía que se expone en las estanterías del hipermercado de trabajo  y a la que hay que comprar al precio más barato posible.

 

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