Abdul

Agostinho es un joven portugués. Trabaja para una empresa que se dedica al desarrollo de software para gobiernos. Cosas como digitalización de censos o gestión de embajadas. Por eso ha estado viviendo en Angola, Mozambique y, últimamente, en Timor Este.

Allí conoció a Luh. Una balinesa sorda que le robó el corazón con su sonrisa. A la semana de conocerse ya estaban viviendo juntos, prodigándose amor todas las horas del día que podían robarle al trabajo.

Al poco tiempo recibieron una visita de la policía. A la familia de Luh, en Bali, le habían llegado noticias sobre su hija y querían asegurarse de que eran ciertas: que su hija no estaba viviendo en pecado con un infiel. Agostinho estaba indignado por esa intromisión de la familia y de las autoridades en su amor. No podía creer lo que estaba viviendo. Sin embargo, lejos de dejarse llevar por la ira, preguntó qué era lo que podía hacer para solucionar esa situación.

Así fue como Agostinho, ahora Abdul, realizó el proceso de convertirse al Islam y se casó con Luh. La vida era maravillosa y los problemas se habían alejado con bastante facilidad.

Al poco tiempo, finalizado el proyecto para el que había ido a Timor, a Agostinho le ofrecieron la posibilidad de trabajar para la embajada portuguesa en París. Buen sueldo, residencia en un buen barrio y coche. Luh aceptó, tras algunas dudas iniciales, pensando que no le sería difícil encontrar trabajo en París como profesora de niños y niñas sordos. De hecho estaba dispuesta a seguir a Abdul allá donde él fuese.

En París hicieron amigos fácilmente. Empezaron con compañeras de la embajada y de la escuela especial donde trabajaba Luh. Luego se añadieron los amigos de las amigas, y las amigas de los amigos, creándose un bonito grupo de chicas y chicos de humor alegre y un aire un tanto bohemio: Michelle (enfermera sin fronteras y colaboradora en la escuela donde trabajaba Luh), Nohemí (la morenita estudiante californiana), Manuel (el informático de la embajada) y Sophie (filósofa trabajando de cajera en un Carrefour). Salían a ver exposiciones, al cine o a tomar algo. Sobre todo a tomar algo. Las tertulias les encantaban y todos procuraban hablar despacio y de cara a Luh para que ella no se perdiese. Hablaban de todo, pero últimamente les preocupaba el tema de Oriente Medio y la intervención militar francesa en Siria. Michelle contó la historia que había sucedido ese mismo día en Beirut: después de un atentado suicida junto a una mezquita, donde habían muerto 50 personas y más de 200 habían resultado heridas, un hombre vio a alguien corriendo por la colina mientras gritaba Allahu akbar. Dejó a sus hijos a cargo de su mujer y fue tras él, derribándolo mientras aquél hacía estallar sus explosivos lejos de la multitud. Ese acto heroico salvó la vida de cientos de personas a costa de la suya propia. Luh hacía especial hincapié en que las principales víctimas, tanto de Daesh, como de los bombardeos occidentales, eran los propios musulmanes. Abdul la miraba sonriente. Efectivamente, era feliz.

El viernes 13 de noviembre quedaron con el grupo en el bar Le Carillon, junto al canal Saint Martin. Como todavía no hacía mucho frío, prefirieron quedarse en la terraza, en parte pensando en los fumadores del grupo. Abdul y Luh eran los primeros en llegar. Pidieron dos vinos tintos mientras esperaban al resto. Cuando el camarero daba media vuelta para atender el pedido y ellos aún le miraban, llegaron Michelle y Nohemí cogidas de la mano. Justo en ese momento Abdul pudo oír el chirrido de los frenos de un coche y, muy poco después, lo que parecían petardos. Instintivamente gritó a Luh, sin que ella le oyese ni leyese sus labios, “AGÁCHATE”, la cogió de un brazo y tiró de ella hacia el suelo. Pero cayó como un fardo. Ya no se movía y su vestido amarillo se había teñido de rojo.

Abdul, abrazado a Luh, sin saber aún qué ocurría, levantó la vista. Delante de él un crío empuñaba un fusil, disparando hacia cualquier parte con los ojos inyectados en odio mientras gritaba Allahu akbar. Deseó que una bala le atravesase el corazón para que éste le dejase de doler. Sin embargo, al cabo de mucho tiempo de ruido terrorífico, el crío dejó de disparar, montó en el coche y se alejó con la misma velocidad con que había aparecido.

Entonces se dio cuenta de que Michelle y Nohemí también habían caído. Seguían cogidas de la mano, sus ojos sin vida mirando hacia la luna creciente. Y Abdul lloró y lloró y lloró y lloró hasta secarse por dentro.

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2 thoughts on “Abdul

  1. I felt the same, except I have worked 50+ hours at retail in the last week. Feels like I got hit with a 2×4 full of real life. But today has been great. Merry Chmsstrai!

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