Abdul II

Los siguientes días Abdul vagó sin rumbo por las calles de París huyendo del ruido, del humo, de las persecuciones, de la ley marcial. De voces macabras con potentes altavoces dictando el machote rumbo a seguir. C’est la guerre! Marchemos como hombres en pos de la libertad bombardeando las casas de otras Luh, de otras Nohemí, de otras Michelle. De otras que nos quedan tan lejos que nos importan una mierda.

Mujeres que caen, mujeres que sucumben bajo el peso de toneladas de bombas, lapidadas por bombas democráticas y civilizadas. Quien esté libre de pecado que tire la primera bomba. Hay que lapidarlas con los cascotes de las ruinas de sus casas, antes de que sus hijos se conviertan en futuros suicidas. Hay que convertir a sus hijos en suicidas lapidando a sus madres con bombas.

Abdul no pensaba, no entendía, no pretendía entender. Agostinho-Abdul no quería guerras, no quería bombas, no quería que nadie muriese. Sin embargo era bombardeado, como el resto de la humanidad, por un alud de palabras que eran ruido, bombas sónicas huecas de contenido, cargadas de propaganda y de racismo. Si entre su círculo de amigas y amigos, tan diferentes, podía hablarse de cualquier cosa, debatir cualquier cuestión sin llegar a los puños, a los cojones, a los golpes en el pecho, ¿por qué no era posible lo mismo entre líderes de comunidades humanas, entre periodistas, expertos, tertulianos, sacerdotes y pensadores? ¿Acaso no eran tan personas humanas unas como las otras? ¿Acaso los líderes no tenían amores, humores, temores? Debilidades. Los sentimientos son debilidades. Esa era la conclusión. No podemos mostrar las debilidades porque eso nos convierte en débiles a los ojos del enemigo.

Abdul no odiaba. No entendía, pero tampoco odiaba. Su dolor era tan profundo que no dejaba lugar para el odio. Su dolor surgía del estómago y se irradiaba en ondas por el resto de su cuerpo, expulsando cualquier otro sentimiento, cualquier otro sentido. Sus ojos no veían. Sus oídos no oían (ni querían oír). Su boca estaba seca (como todo él después de haber llorado mares) y no notaba sabor alguno excepto el vago recuerdo de los besos de Luh (y esto último era más un deseo que una realidad).

Pasó al lado de un pequeño grupo de niños y niñas, riendo y jugando distraídos. Pensó que quizá un día sería capaz de ver en ellos una chispa de esperanza. Una madre, al pasar él, corrió rápidamente a interponerse, a apartarlos de su camino. Quizá su portuguesa piel morena había activado en aquella mujer los resortes del miedo, o del odio, o de ambos. Los altavoces conseguían su target.

Los tambores de guerra seguirían teniendo manos para tocarlos. Las bombas lapidarias seguirían teniendo dedos que pulsasen el botón de lanzamiento mientras las voces de quienes tienen voz siguieran sonando huecas tras lágrimas de colirio. Los puños y los cojones seguirían apisonando, violando, avasallando, lapidando las sonrisas de las Luh, de las Nohemí, de las Michelle, de las Aaminah, de las Benazir y de las Miriam por los siglos de los siglos.

 

 

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One thought on “Abdul II

  1. “Los sentimientos son debilidades. […] No podemos mostrar las debilidades porque eso nos convierte en débiles a los ojos del enemigo.” Entre estos sentimientos, tal como usted mismo dice, no hay lugar para el odio. Eso es lo que nunca podrán entender los de los tambores, los puños y los cojones. Muchas gracias por su relato.

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